La imagen del que se fue

© Juanca Romero Hasmen

La muerte, la importancia que ésta tiene para la sociedad actual, y principalmente para los pobladores del conocido entre el populacho como primer mundo o mundo occidental. Y es que nadie se escapa de ella, y así lo recitaba el autor desde tiempos casi remotos. Pero aunque la certeza de que a todos nos llega es irrefutable, lo que nos convierte en diferentes a unos y otros, es la forma de afrontar su llegada, la manera en la que nos preparamos para aceptar la invitación oscura. Sólo tenemos que mirar a nuestro alrededor planetario para percibir que un ciudadano chino, por ejemplo, tiene conceptos diferenciados sobre la muerte, o darnos cuenta que la vida no vale lo mismo en Somalia que en New York. ¿Están más preparados los somalíes o los camboyanos para afrontar la hora de su muerte que los neoyorkinos o centroeuropeos?

Como premisa, tenemos un evidente condicionante, y es que hay determinadas sociedades que están más familiarizadas con la llegada de la muerte, pero no por una cuestión cultural, que es la más lúdica si se permite la expresión y la que nos ocupa en esta líneas, sino porque sus índices de pobreza son auténticamente extremos y son testigos de cómo sus hijos mueren sin apenas alcanzar los 4 añitos de edad. Los factores socioeconómicos hacen callo en el ADN de las sociedades.

Pero centrémonos en cuestiones más culturales. Posiblemente el amigo lector pueda recordar la secuencia de la película de Alejandro Amenábar, “Los Otros”, estrenada en el año 2001 con un rotundo éxito, en la que aparecían unas inquietantes fotografías que tenían como protagonista, el retrato de unos difuntos. ¿Fotografías de muertos?, así es.

Fotografía de difuntos

La fotografía post mortem o retrato de difuntos, se convierte en una práctica desconocida para las nuevas generaciones, y siempre hablando de las sociedades occidentales, pero que hasta no hace demasiadas décadas, estaba más o menos extendida. ¿En qué consiste una fotografía de difuntos?

Se trata de una imagen en la que aparece la persona fallecida, perfectamente maquillada y acicalada con sus mejores ropas, tomando pose que refleje estar vivo, y en la mayoría de las ocasiones, junto a sus familiares más cercanos, posando todos ellos con fingida normalidad. Digamos que esta fotografía lo que persigue es mostrar una escena familiar con la presencia del difunto, que en muchas ocasiones, gran cantidad en realidad, eran niños o niñas que fallecían por alguna enfermedad a corta edad.

Puede parecernos a los integrantes de la sociedad informatizada y tecno dependiente, una práctica realmente tétrica o irracional, pero si nos situamos en la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, donde no existían cámaras de fotografía de uso doméstico, dónde los medios y recursos eran limitados hasta para acceder a la comida por parte de la mayoría de la población, podremos entender la necesidad de perpetuar entre los vivos, la presencia de la persona que fallecía. Poseer una de estas imágenes servía de bálsamo para calmar el dolor de la pérdida.

Y claro está, en torno a esta práctica que se devanea entre lo mundano y la fe, aparece un emergente negocio en torno a la creciente demanda de este tipo de fotografías. Gran número de fotógrafos anuncian sus servicios en prensa con mensajes como “Retratamos difuntos y los dejamos con apariencia de vivos”, o este otro: “Servicios funerarios en los que se incluye retrato del fallecido junto a sus seres más queridos. Retratamos incluso de pie”

Esfuerzos familiares

Muchas familias hacían auténticos esfuerzos económicos para poder costear los servicios de un fotógrafo, que en aquellas épocas escaseaban y en ocasiones tenían que venir desde otras localidades separadas por días de viaje, algo que obligaba a los familiares del difunto a conservar el cuerpo inerte, aislado y conservado en hielo.

Hace unos años, mantuve una informal a la par que interesante conversación con don Trino Garriga, fotógrafo de los grandes y Premio de Canarias de Comunicación 2001 entre otras muchas condecoraciones. Me comentaba como de pequeño, estando junto a su padre, en algunas ocasiones tuvo que retratar difuntos, incluyendo por supuesto, el arduo trabajo previo en el que colocar al difunto en posición vertical y darle apariencia de vida, era el pilar para una buena fotografía.

La fotografía post mortem se extendió rápidamente en países de América del Sur y en Europa del Este, llegando incluso a España, de forma algo más velada. No es difícil acceder a este tipo de imágenes a través de Internet, aunque pongo en preaviso al lector, ya que la mayoría de las imágenes que podemos encontrar corresponden a infantes, y pueden herir su sensibilidad.

Actualmente, y hasta donde sepamos, no se realiza este tipo de retratos. Los controles sanitarios son muy altos, y ya no se velan a los difuntos en las casas. Los tanatorios o dependencias habilitadas en las parroquias son estación de paso obligado antes de acceder a la sepultura del fallecido. ¿Han quedado vestigios? Podemos decir que sí. Cada vez que abrimos un periódico, encontramos el espacio reservado para las esquelas, en las que se ha sustituido la imagen del fallecido perfectamente acicalado, por una pequeña imagen de su rostro en vida o simplemente prescindiendo de ella e incluyendo exclusivamente texto, en el que los familiares y amigos ruegan por su alma y en la que se refleja la fecha del óbito.

Debemos ver la fotografía post mortem como un guiño de la antropología, que sirve para destapar los instintos más elementales del ser humano, entre los que se encuentra la necesidad de perpetuar el concepto de clan, de unidad familiar, y de arraigo a la vida que a pesar de conocer su fugacidad, no somos conscientes de ello hasta que llega y nos sorprende de forma irremediable a todos.

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