La menopausia de las luces populares

© Juanca Romero Hasmen  

Cae la noche y los conejos se esconden en sus madrigueras. Tras las montañas isleñas se asoman las negras sombras que ocuparán las siguientes horas, adentrándose en la madrugada sin remisión. Por la vereda pasea un buen hombre con el cigarrillo adosado a los pegajosos labios, y unas cuantas cuartas de vino del que tiene Andrés en su guachinche. Frente a él se aparece una pequeña lucecita en forma de bola, no más grande que un cagajón de burro. Su color incandescente es interpretado por aquel entonado hombre, que sin casi pensarlo, se echa a correr cayendo por un monturrio de gravilla y quedando allí tendido hasta la mañana siguiente en la que un fuerte dolor de cabeza le despierta cara al sol.

¿Qué había ocurrido? ¿Aquel extraño fenómeno fue fruto del azufrado licor, o realmente fue testigo de lo insólito, de eso que unos pocos llaman luces populares?  El fenómeno de las luces saltonas o populares ya viene de viejo. En los tiempos en los que inventar era más fácil que ahora, se perpetuó la idea de que, por los caminos de nuestros pueblos, y muy de vez en cuando, pululaban unas extrañas luminarias que en ocasiones llegaban incluso a interactuar con el testigo que tenía el infortunio de encontrársela. Estas luces, dotadas de inteligencia a través de los prefabricados relatos de algunos investigadores del fenómeno, unas veces se muestran con tamaño no superior a la de una canica, y en otras ocasiones, cual preñada bola luminosa, se deja ver abarcando parte del espacio visual del testigo.

Y resulta curioso ver como al igual que ocurre con el fenómeno OVNI y otros similares, en los tiempos en los que la telefonía móvil aún no existía y casi nadie llevaba encima una cámara de fotos, estas dichosas bolitas aparecían aquí y allá, acompañadas de supuestos testigos pero pésimamente documentadas, porque aquello que pocos o nadie ve, poco o nada hay que demostrar. Ahora que tenemos tecnología hasta en los calzoncillos, ahora que la fotografía casi la llevamos integrada en el ojo, que no hay bicho viviente que no tenga un teléfono chulo, lleno de aplicaciones y enlaces a redes sociales, ahora digo, parece que las lucecitas populosas se han retirado, están en horas bajas cual menopáusicas pelotas de etérea consistencia.

Ahora los osados contadores de historias inverosímiles no se asoman a la plaza pública para sentenciar avistamientos ni para edulcorar testimonios de dudosa procedencia. Ahora a golpe de ratón o arrastrando el dedo por la pantalla del móvil, se desmonta una historieta con la rapidez de un boliche de luz, esas inquietas esferitas que por populares, ya podrían protagonizar un tema del canturreador José Benavente. Las luces se han quedado viejas. Ya no pasean sus candentes caderas por los caminos de Fuerteventura o los sures tinerfeños. D.E.P. las bolas populares.