La muerte vive en México

© Juanca Romero Hasmen

Volar contra la corriente atlántica, siempre provoca una serie de emociones que nos hacen trasportarnos de alguna manera a los días en los que de pequeños correteábamos tirando del hilo de una cometa, a merced del viento y con la esperanza puesta en que cada vez subiera más y más alto. En esta ocasión tengo el GPS con las coordenadas marcadas en la localidad de Catemaco, en el estado de Veracruz, México. En mi mochila un buen puñado de tarjetas de memoria para la cámara digital, mi bloc de notas y la ilusión puesta en descubrir desde dentro una de las manifestaciones de Fe más importantes del planeta, y sin duda, una de las más controvertidas. Me refiero a los cultos de la Santa Muerte.

Pero el viaje comienza en el aeropuerto Tenerife Norte –Los Rodeos, con un importante retraso de casi dos horas en la salida del AirEuropa que debía ponernos en la lanzadera de la T4 del Aeropuerto Madrid-Barajas en poco menos de tres horas. Creo haberlo dicho en alguna otra ocasión, los aeropuertos son lugares llenos de historias y vivencias, a la par que se convierten en auténticas ratoneras del cansancio cuando los vuelos sufren retrasos como el vuelo de Iberia que debía despegar a las 00:40 y que al final despegó rumbo al Aeropuerto Internacional Benito Juárez de Ciudad de México, casi 3 horas después.

Y así, de este modo, y tras 12 horas de vuelo de las que apenas pudimos dormir tan solo un par de ellas, pusimos el pié en la bulliciosa capital mexicana sobre las nueve de la mañana hora local –cosas del puñetero juego de los husos horarios-, con cara de somnolienta resaca y las piernas tan debilitadas como un par de hebras de hierbajos. Un taxi nos llevó frente al hotel Meliá México Reforma, donde tras pedir el desayuno y darme una necesaria y casi interminable ducha, me dejé caer sobre la cama durante toda la jornada; al día siguiente comenzaría el auténtico plan de ruta con el destino fijado en Catemaco.

Amaneció y con las primeras luces de la mañana, pusimos en marcha el coche de alquiler –un Suzuki que parecía de estreno- y tomamos la Carretera Federal 150 para recorrer los casi 550 kilómetros que separa la capital mexicana de nuestro destino. Seis horas después llegamos a Catemaco para alojarnos en la casa de Pedro Ramírez Flores, un regordete hombre de bien, que nos esperaba con entusiasmo en la puerta de su casa, con la música de Alejandro Fernández sonando con fuerte volumen, y un par de perros que no paraban de ladrar, quizá revolucionados por nuestra novedosa presencia, o quizá tan solo canturreando “Mañana es para siempre” des vástago del gran Vicente Fernández.

La Santa Muerte forma parte del ADN del pueblo mexicano

Jamás pensé tomar lo que los naturales del país llaman michelada, una especie de cerveza de entre color rojizo y amarillento que me dejó la lengua en fase de sueño, totalmente dormida. Tengo la sensación de que el señor Ramírez la aderezó especialmente para los forasteros que ocupamos su casa. Tras pasar esa jornada rondando las interminables calles de la localidad y dormir plácidamente al son de los ladridos de perros de arriba, abajo, izquierda y derecha, la mañana siguiente nos dispusimos a entrevistarnos con Palmira Peña, cuidadora de uno de los muchos altares en los que se venera la imagen de la Santa Muerte, una impresionante estatuilla en la que se representa la imagen cadavérica de una mujer con vestimentas ostentosas, rodeada de coloridas flores y llena de fotografías de hombres, mujeres y niños que de alguna manera van saturando todo su contorno de forma descontrolada.

Nos sentamos frente a la tétrica imagen, en unas sillas de madera rojiza, y aquella mujer continuó rezando de forma ostentosa la siguiente oración: – Santa Muerte a ti que te pertenece todo el Universo y has dotado a la tierra de riquezas suficientes para alimentar a todos los hombres que habitan, ven en nuestra ayuda. Señora que cuidas de los lirios del campo y de las aves del cielo, los vistes, los nutres y los haces prosperar, manifiesta sobre nosotros tu providencia materna. Ayúdanos Señora ya que nuestra salvación solo puede venir de hombres honestos y buenos, infunde en el corazón de nuestros prójimos el sentido de la justicia, de la honestidad y de la caridad. Cuida de nuestra familia que confiadamente espera el pan de cada día. Fortalece nuestros cuerpos. Da serenidad a nuestra vida a fin de que podamos corresponder más fácilmente a tu gracia divina y sentir que sobre nosotros, sobre nuestras preocupaciones y angustias, vela tu amor de Madre. Amén.-

Figura de la Santa Muerte

Tras permanecer allí poco más de media hora, nos dirigimos a un lugar menos concurrido en el que hablar con Palmira de lo que significa y representa el culto a la Santa Muerte. Llamó poderosamente mi atención el lujo de detalles y símbolos que rodean a la imagen de la “·dama oscura”; la túnica que la cubre desde la cabeza hasta los pies, representa la forma             en que ocultamos nuestra verdadera apariencia o identidad. De este modo, la tela que cubre el esqueleto de la “Señora”, representa como ocultamos nuestra carne, todo lo que nos delata como humanos, nuestras vulnerabilidades. Se representa con una guadaña mientras sostiene en la mano izquierda al mundo. La guadaña todo lo iguala, la  muerte no hace distinciones entre ricos y pobres.

La guadaña representa la justicia implacable, signo evidente de equidad. Junto a ella un reloj de arena, forma de representar la medida temporal de la vida en la tierra, y que tras voltear, comienza a contar nuevamente el paso del tiempo tras el paso al lado de la muerte, que solo representa una continuidad de la existencia. Al salir de aquella pequeña capilla, y quizá fruto de esas casualidades que pocas veces se dan, pudimos conocer a Gilberto Mendoza, un hombre de corta estatura recubierto por decenas de enormes tatuajes y que durante nuestra conversación, confesaba con lleno de orgullo, había ido coleccionando en sus diferentes etapas carcelarias y en las familias narco a la que pertenecía.

La Fe en esta imagen crece exponencialmente en México y otros muchos paises

Y esa es otra de las llamativas características de la Santa Muerte, su atracción para los miembros de las bandas de traficantes y asesinos que pululan por el país con cierta solvencia. No en vano, y especialmente en el norte de México, el culto a la Santa Muerte se ve acompañado por la también importante veneración a Jesús Malverde, conocido como el “Santo de los Narcos”, y son estas dos imágenes las que habitualmente estas personas tienen en sus casas y las que nuestro interlocutor, el señor Mendoza, tenía tatuadas en la totalidad de la espalda junto al nombre de media decena de mujeres que según él, habían sido reinas de su cama a lo largo de sus 38 años de vida. Resultó sorprendente la desproporcionada Fe religiosa y las marcadas supersticiones. Según sus propias palabras, Mendoza nos dijo: – Morir es solo una experiencia cotidiana, morir o asesinar es el pan de cambio y la Bella Dama Muerta nos protege y da su protección

Salí de aquel lugar con el pleno convencimiento de haber estado hablando con la mismísima muerte, con una mezcla de sugestión, respeto y absoluto miedo. El hecho de encontrarme de frente no solo con la imagen cadavérica de la Santa, sino con un hombre que había habitado celdas por haber causado muertes, no deja de ser una experiencia bastante particular siendo generoso en el adjetivo. Sirva como dato llamativo, el auge que la devoción a la Santa Muerte está tomando en el interior de las prisiones, y que según algunos estudios consistentes, va estrechamente unido al aumento de la violencia, sobre todo entre los jóvenes, en el interior de las prisiones y en los barrios donde viven aquellos que han pasado alguna vez entre barrotes.

Y así, tras nueve días en el bello país centroamericano, dejé que las alas de un Iberia me trajeran de regreso a España, en una autopista de nubes de 9.100 kilómetros y con tiempo suficiente para hacer interminables repasos de todo lo vivido durante mi estancia en Catemaco, de formas casi literal, codeándome con la mismísima muerte.