Stonehenge: secretos megalíticos

© Juanca Romero Hasmen

Nadie puede imaginar el placer que me produce poder subir a un avión sin la necesidad de hacer escalas en otros aeropuertos antes de llegar al de mi destino. Y es que los aviones me parecen maravillosos mientras están en el aire, pero la ritualística de facturaciones, esperas y nuevamente esperas, hacen que los aeropuertos acaben pareciéndome más a la cola de un baño público que lugares especiales que contienen las puertas para hacerte volar incluso en el sentido figurado. Tenía mi destino fijado en Inglaterra, concretamente en el condado de Wiltshire, tierras verdes portadores de uno de los grandes iconos del misterio, Stonehenge.

Mi vuelo partió desde el aeropuerto Reina Sofía de Tenerife a las nueve y veinte de la mañana y puse pie en tierras británicas en torno a las dos menos diez de la tarde, en uno de esos días en los que la niebla parece queso para cortar y lo único que te apetece es enrollarte en un torbellino de mantas de franela. Pero en realidad no disponía de tiempo para tanta simpleza, y por delante algo más de 2 horas de carretera hasta llegar a Amesbury, una bonita localidad en la que destaca lo ordenado de sus casas y la sequedad británica llevada a un grado ciertamente superlativo. Allí nos esperaba Thomas Pereira, un intrigante hombre de antepasados brasileños, que nos ofreció su casa –previo pago de un solvente alquiler- para utilizarla como campo base durante los cuatro días que estaríamos en las verdes tierras de Inglaterra.

El señor Pereira vivía de las rentas por alquilar habitaciones, y al parecer le salía a cuenta porque no le vi durante esos días mover ni una silla, ningún tipo de esfuerzo que provocara el chasquido de un solo hueso. Anocheció pronto y nos fuimos a la cama como a eso de las ocho y cuarto de la tarde. La mañana siguiente salimos muy pronto hacia el destino fijado, visitar y sentir el encanto de los monolitos de Stonehenge, un monumento megalítico de finales del Neolítico. Está formado por enormes bloques de piedra más o menos alisadas o aplanadas distribuidas de tal manera, que forman cuatro circunferencias concéntricas, una exterior formada por grandes piedras rectangulares, y en su interior se encuentra otro círculo de bloques más pequeños de un color azulado que le da la arenisca que lo componen.

En el interior de ésta, una especie de formación en herradura construida con piedras y una llamativa losa a la que los naturales llaman “El Altar”. Pero Stonehenge no es solamente un llamativo agrupamiento ordenado de grandes piedras; todo el conjunto está rodeado por una zanja que ocupa algo más de 100 metros de diámetro, y en su interior encontramos un montón de hoyos a los que se les conoce como “agujeros de Aubrey”. Pero, ¿Qué representa toda esta compleja formación y sobre todo, quienes y por qué las construyeron? Durante mucho tiempo se le atribuyó su construcción a los celtas, pero hoy en día esa posibilidad está ya descartada. Dicho esto, no podemos obviar la importancia que los pueblos celtas dieron a Stonehenge. Durante mi estancia en esa comarca, tuve entre las manos algunos documentos en los que se recogen diferentes teorías, y una que me llamó la atención por lo idílica y casi poética; aquello sería la creación del gran mago Merlín, el druida de los druidas que gracias a su magia, trasladó esas grandes piedras desde la cercana Irlanda, y allí haría aparecer a un dragón. Se recoge también que es en ese lugar donde el rey Arturo tomaba juramento a los nobles.

Se ha atribuido su creación a los romanos, fenicios, holandeses…, pero las pruebas más fiables son las que se han realizado con carbono 14, que datas estas piedras en torno al 1.845 antes de Jesucristo. Se sabe que su origen fue una especie de santuario religioso en el que intervenían aspectos funerarios, enterramientos e incluso algún tipo de sacrificios. Hoy en día se sabe con total precisión la cronología de cuando fueron colocados cada uno de los elementos del conjunto de Stonehenge, e incluso el uso que se le ha ido dando a lo largo de los siglos y las diferentes culturas que han ido adoptando el lugar, siempre como espacio sagrado o de culto.

En .lo personal debo decir que se trata sin duda de uno de esos lugares que denominamos de Poder, donde confluyen los elementos de la naturaleza con una fuerza inusitada. En medio de esos enormes monolitos colocados en vertical y unos sobre otros, la sensación que te embarga –individual por otra parte- es la de estar formando parte de algún mapa universal en el que cada grano de tierra, cada partícula del aire, forma parte del puzle de la perfección. Stonehenge está ahí para ordenar las demás piezas del planeta. Una de las teorías que se manejan sobre el lugar, es que se trata de un poderoso centro astrológico universal, el mayor complejo astrológico de la Tierra, algo que provocaba hasta no hace demasiado tiempo, que los visitantes prácticamente acamparan en el interior de la barrera circular de monolitos y dejaran en el lugar un sembrado de velas, flores, y todo tipo de utensilios que llegaban a combinarse con preservativos usados de colores variopintos.

Actualmente las autoridades han prohibido el acceso al interior del complejo, y solamente pueden acceder a él los investigadores que estén perfectamente acreditados, y justificando su trabajo de investigación sobre el lugar. Esos días para nosotros se convirtieron en un ir y venir desde la casa del singular señor Thomas Pereira y el complejo megalítico, casi sin comer por la falta de ganas y envueltos en la magnitud de la obra. Como en todo viaje, llegó el momento de regresar a casa, abandonar aquellos verdes valles y adentrarnos en la aventura del vuelo de regreso a casa, con la odisea de un retraso en el despegue de casi siete horas y los innumerables fotogramas mentales de todo lo vivido en ese pequeño rincón del mundo llamado Stonehenge.

Allí permanece erguido a la espera de mi regreso, del día en el que los druidas se confabulen para mostrar todos los secretos que allí se esconden desde hace tanto tiempo.