MICERINOS

2020 © Santi García (Arqueólogo y escritor)

A tenor de la exposición del MAN en Madrid y sobre todo escuchando a Z. Hawas debatir acerca de la posibilidad de buscar el tesoro del faraón Micerinos en aguas españolas recuperamos una de las historias más fascinantes de la memoria reciente de la arqueología española.

Seguro que una de las leyendas que más has escuchado es la que versa sobre las maldiciones que recaen a quienes descubren, entran y saquean las tumbas de faraones egipcios. De todos es conocida la famosa “maldición de Tutankamon” por la que todo el equipo de expedición que participó en la excavación murió. Efectivamente, todos los miembros de esa expedición murieron….pero no por el faraón, sino por ley de vida. El ejemplo más claro lo hallamos en Howard Carter que falleció a los 64 años de edad por propia senectud.

En el año 2002 tuve la suerte de participar en las labores de prospección rutinarias en el litoral de la Región de Murcia, en la ciudad de Cartagena, que el CNIAS (Centro Nacional de Investigaciones Subacuáticas) desarrolló junto con el personal del ARQVA para la carta arqueológica subacuática de la zona. En aguas en donde la cordillera penibética acababa – zona de Cabo de Palos – fueron encontrados restos de una vajilla de mesa muy especial, loza azul sobre blanco, con el anagrama de una barco y la palabra Beatrice: estábamos ante los restos de la vajilla de mesa de la Goleta que llevaba el sarcófago del faraón Micerinos.

Es cierto que muchos de los miembros fallecieron tras “abrir la cámara funeraria” del faraón cosa que no debe sorprendernos ya que, salvo que estuvieran muertos antes de abrir la tumba, todos irremediablemente iban a morir tras la apertura. Que algunos murieron de alas fiebres sí, pero no al poco tiempo del hallazgo, sino del paso de los años, de bastantes además.

El hecho es que, aunque se ha arrojado explicaciones más o menos racionales sobre este asunto (un hongo que estuviera latente en la cámara funeraria, etc.), lo cierto es que no es más misterioso que otros accidentes producidos en el mismo momento de un hallazgo arqueológico como, por ejemplo, Schliemann que cayó por unos de los perfiles de la excavación de Troya, quien, recordemos, fue el descubridor de la cultura micénica y de los niveles de la Troya Homérica.

Si hemos de hablar de maldiciones reales tras excavar y retirar objetos de las tumbas de los faraones hemos de hablar entonces de la cámara funeraria del faraón Mikerinos, la cual hizo desaparecer de la faz de la tierra la embarcación que llevaba los restos de su cámara, incluido su sarcófago.

No es ninguna broma. La embarcación que transportaba los restos del faraón desde Gizeh hasta Londres se encuentran fondeados en las costas del litoral de Cartagena (Murcia), aspecto que trataremos a lo largo de este artículo.

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La goleta Beatrice (que así se llamaba la embarcación que transportaba los restos) partío desde Egipto el sábado 13 de octubre de 1838. Habiendo hecho escala en Malta y habiéndose nutrido de provisiones, retomó el rumbo hacia tierras inglesas. En pocos minutos el gigantesco barco no pudo hacer frente a la intensa lluvia y al fuerte oleaje que se había producido, sumergiéndose para siempre en aguas del Mediterráneo. Por suerte, la tripulación al completo encabezada por el capitán Wichello, pudo salvarse del naufragio. En la bodega del barco y descubierto por el entonces coronel Richard William Howard Vyse (1784-1853), se encontraba el sarcófago de basalto junto restos del tesoro de la cámara funeraria del faraón Mikerinos.

Conocemos de este naufragio debido a que fue muy comentado entre los coetáneos del mismo. No en vano, Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) en su novela La vuelta al mundo de un novelista (libro III cap. XIX) se hizo eco de este inusual acontecimiento.

¿QUIEN FUE MIKERINOS?

Estamos ante el faraón de la IV dinastía egipcia (circa 2493 – 2475 Ac). La transcripción del cartucho jeroglífico con su nombre sería algo así como Mn-kaw-Ra. Nuestros compañeros de mcnbiografias nos arrojan algo de luz acerca de la vida de este gran faraón:

Hijo de Khefrén y de su esposa Khamerernebty I. Tras los gobiernos de sus tíos Hordjedef y Baefre, subió al trono Micerino (en egipcio Menkaure), que tuvo por nombre Horus el de Kakhet. Manetón le llama Mencheres y le asigna 63 años de reinado, cifra totalmente exagerada; Heródoto, por su parte, le denomina Mykerinos, haciéndole hijo de Khéops y considerándole un rey justo y benévolo.

De su reinado se saben en realidad pocas cosas: presencia egipcia en Nubia por la impronta de sellos hallados con el nombre de Micerino, devolución al clero de algunas prerrogativas y construcción de templos.

Es de gran interés su pirámide, la más pequeña de las tres de Gizeh (108 m de lado por 66 de altura), en cuya cámara sepulcral fue hallado el sarcófago de basalto y restos de su momia (luego perdidos en un naufragio, probablemente en aguas españolas). Sus templos funerarios han proporcionado más de 40 estatuas diferentes de Micerino, entre ellas las cuatro hermosas tríadas en donde aparece el rey entre diosas (tres ejemplares en el Museo de El Cairo y uno en el de Boston) o la pieza que le representa de pie junto a su esposa y hermana Khamerernebty II, hoy en el Museo de Boston. El nombre de Micerino está perdido en el Papiro real de Turín, aunque le asigna este documento un reinado de 18 años. Fue sucedido por uno de sus hijos, llamado Shepseskaf, dado que el hijo mayor, el príncipe Khuenre, había fallecido antes que Micerino.

EL GRAN TESORO

Dentro del sarcófago de basalto estaban los restos de la tapa de un ataúd de madera en cuya superficie se conservaba de forma muy borrosa una inscripción mutilada. Ésta aludía a la figura del faraón en los siguientes términos: “Salve Osiris, rey del norte y del sur, Menkaure, que vive eternamente, nacido del cielo, concebido de Nut, heredero de Geb, su amado,. Ella, tu madre Nut, se extiende sobre ti, en su nombre de ‘misterio del cielo’, ella garantiza que tú puedas existir como dios sin tus enemigos, oh rey del norte y del sur, Menkaure, que vives para siempre”.

A este dato tendríamos que añadir otros sorprendentes hallazgos que desestabilizan las teorías convencionales proporcionadas por los egiptólogos académicos sobre la función funeraria de las pirámides: ¿Cómo explicar los huesos de un toro descubiertos por Giovanni Battista Belzoni en el interior del sarcófago de Kefrén en 1818? o ¿cómo entender que los restos humanos descubiertos por Jean Phillipe Lauer en la pirámide de Zoser en Sakkara, no datan de la III dinastía (ca. 2600 a. de C.), a la que correspondía este rey, sino que son mucho más modernos, según recientes análisis de radiocarbono.

Muchos piensan que la Pirámide Divina, tal y como se conocía a la de Micerinos en época faraónica, fue restaurada y reacondicionada en varias ocasiones. Prueba de ello es la inscripción jeroglífica conservada a la izquierda de la entrada del monumento. Desgraciadamente, el fragmento que menciona la fecha exacta -día, mes y año- del enterramiento de Micerinos, está borrada en su totalidad.

Redescubierta en 1968, esta inscripción ya fue mencionado por el griego Diodoro de Sicilia en el siglo I a. de C. en el Primer libro de su Historia Universal. Lo más probable es que fuera mandada grabar por Khamwaset (ca. 1280 a. de C.), hijo de Ramsés II el Grande, quien tuvo a bien restaurar varios monumentos del Imperio Antiguo, entre ellos las grandes pirámides de Gizeh.

Como era común en el primer tercio del siglo XIX, las antigüedades podían salir de Egipto con una facilidad pasmosa. Y al igual que hiciera Vyse con otras piezas que ahora están en el Museo Británico de Londres, el coronel británico decidió sacar de la pirámide de Micerinos el gigantesco sarcófago de basalto con el fin de transportarlo hasta la capital de su país. El propio transporte hasta el barco que les esperaba en el Nilo no fue sencillo. Según relató Perring en su diario personal, las dificultades que tuvieron para mover el sarcófago de su emplazamiento original fueron mayúsculas.

LA GRAN PIRÁMIDE

La pirámide de Micerinos (nombre griego) o Menkaura (nombre egipcio) es la menor de las tres grandes pirámides de la necrópolis de Guiza. La pirámide fue construida a finales de la IV dinastía, con el reinado del faraón Micerino, entre 2532 y 2503 a.C, que tenía un gusto mayor por las tumbas de menor tamaño que sus predecesores. En su tiempo conocida como La Pirámide Divina, es una gran es tructura de base rectangular 104,6 x 102,2, con una altura de 65m. Sus caras, originalmente revestidas con hiladas de granito rojo de Asuán en la parte superior y caliza de Tura en la inferior, se inclinan 51º. Todo el recubrimiento se ha perdido, apenas se conservan algunas hiladas en la base y en la parte superior. Probablemente la ausencia del revestimiento es debido a los saqueadores, al igual que la gran brecha que presenta en la cara norte, buscando una manera fácil de penetrar en la pirámide, cuya complejidad distributiva no lo permitió.

La entrada de la pirámide se encuentra en la fachada norte, a unos 4m de la base, y fue descubierta en 1837. Desde esta entrada se accede a un largo pasillo, hoy día bloqueado, que lleva a la parte superior de la primera sala. Años después se construiría un segundo corredor que da acceso a esta sala, y que es el utilizado en la actualidad. Este segundo corredor baja aproximadamente durante 31m convirtiéndose en horizontal dando a una antecámara (3,65x6m). Bajo esta sala se encuentra la gran habitación subterránea de 10,57mx3,85mx4m, que incluye una habitación más pequeña en la que se encontraba el sarcófago. Tiempo después con la finalización de la construcción el sarcófago fue transportado a la habitación del sepulcro realizada en granito a 4,50m por debajo de ésta. En el eje noreste de la pirámide se encuentran las ruinas de los templos de Micerino, que conformaban el complejo funerario: templo funerario, templo del valle, tres pequeñas pirámides anexas y la calzada procesional. Este conjunto fue terminado por Shepseskaf, su hijo, debido a la prematura muerte de Menkaura. Dentro del conjunto se realiza una pequeña diferenciación entre la parte ceremonial accesible para los servicios diarios del faraón y conectado de manera oculta con la pirámide; y la parte conmemorativa en que se encuentran las pirámides secundarias, de las cuales la mayor es la de la reina Khamerernebty.

Respecto a la persona que estaba momificada en el propio sarcófago, hemos de hablar de algún personaje de relevancia social durante la época saíta, con lo que se demuestra la reutilización de espacios religiosos en la civilización egipcia.

LOCALIZACIÓN DE LOS RESTOS DEL NAUFRAGIO

Es, sin duda, el gran misterio de este capítulo ya que, debido a las dificultades técnicas, económicas, políticas y logísticas que llevaría su localización, excavación y exhumación hacen imposible que ha día de hoy, al menos, sepamos con certeza el lugar exacto en el que se encuentra, desde el siglo XIX, el famoso sarcófago de basalto. Una pista nos la dio el arqueólogo D. Iván Negueruela, director del Centro Nacional de Investigaciones Subacuáticas y coordinador del Museo Nacional de Arqueología Subacuática (ARQVA) en Cartagena (Región de Murcia), cuando habló de la posibilidad de que el pecio hundido estuviera entre las costas de cabo palos y mazarrón.

El arqueólogo se basa en unas conclusiones obtenidas de las prospecciones subacuáticas llevadas a cabo por su equipo a finales del los años 90 del siglo pasado, a través de las cuales se localizaron restos en dispersión de cerámica de mesa de mediados del siglo XIX con las mismas características que debían tener los útiles diarios en el Beatrice. Por lo que, unido a las noticias de naufragios de la zona en donde no se localizaron barcos ingleses de este siglo, hace pensar en la certeza de que el tesoro del faraón Micerinos esté en estos lugares. Es tanto el interés por localizar los restos del sarcófago que incluso Egipto quiere buscar el sarcófago del faraón Micerinos en aguas españolas, frente a las costas de Cartagena, y está buscando financiación para ello, según fuentes del Gobierno egipcio.

El secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades, Zahi Hawass, explicó ayer en una entrevista que su institución ha pedido al canal de televisión National Geographic financiación para llevar a cabo un proyecto «que sabemos costará mucho dinero».

En concreto, a Hawass -siempre con el ojo atento al impacto mediático- le gustaría que National Geographic contratara los servicios de Robert Ballard, el hombre que se cubrió de gloria con el descubrimiento del Titanic en 1985. Expertos en arqueología subacuática como Daniel Alonso Campoy hablan de la dificultad de localizar en un área tan dispersa la citada pieza, pues son múltiples los factores que pueden incidir a la hora de que ésta se encuentre oculta bajo lodos, corrientes, incrustaciones marinas, etc. Elementos que hacen muy difícil, pero no imposible su localización.