Fenómenos extraños en un centro hospitalario de Tenerife

© Juanca Romero Hasmen

El fenómeno de las apariciones espectrales únicamente está reconocido por los conceptos parapsicológicos, y estos a su vez, por no demasiados estamentos oficiales y científicos. De cualquier modo y sin entrar por el momento en su posible o posibles causas, de lo que no cabe la menor duda es de que se producen, y no son pocas las personas que afirman haberse topado con lo insólito. Relacionamos estos fenómenos con castillos, casas abandonadas, grandes edificios a medio desmoronar… y con hospitales, sobre todo aquellos de construcción antigua y cuyos muros han sido testigo a través de las décadas, de los aconteceres y sufrimientos que han recorrido sus largos pasillos e incontables habitaciones.

Hace algunos años tuve la ocasión de hablar en el transcurso de nuestro programa radiofónico Angulo 13, con una antigua trabajadora de un centro hospitalario de la isla, destinada concretamente en la planta de los enfermos de edad avanzada con patologías complicadas. Por razones obvias voy a abstenerme de mencionar el nombre del centro ya que en la actualidad permanece operativo. Esta joven colocó sobre la mesa algunos ingredientes que con total seguridad están sujetos en su mayoría al fruto de las leyendas e historias que, con mayor o menor oportunismo, se cuentan entre los integrantes de la comunidad hospitalaria, especialmente entre los que desempeñan su labor en horario nocturno.

A pesar de eso, existen pequeños aportes en su narración cargados de inquietud y alguna que otra anomalía. Los ingredientes son la presencia de una perra, sonidos extraños, sombras en movimiento por los pasillos y las supuestas apariciones de un niño y un señor con un notorio sombrero. Ordenemos un poco las piezas de este puzle. Nuestra primera protagonista es una perra que acompaña al vigilante que hace su ronda en el exterior del inmueble. El animal es conocido por todos los trabajadores del centro hospitalario porque  cuando algún paciente está a pocas horas de fallecer, la perrita se detiene bajo su ventana y desde el exterior se pone a aullar con intensos lamentos. Al parecer el grado de efectividad es tan alto, que ya las enfermeras se ponen sobre alerta porque el animal no falla. No podemos obviar que la media de edad en esta planta ronda los ochenta y muchos años, lo cual provoca que el índice de fallecimientos sea alto.

Otro pasaje que relata mi interlocutora es cuando una noche mientras la perra lloraba en el exterior, estando ella y su compañera en el puesto de control de planta, perciben como por el pasillo se desliza una sombra muy alta y estrecha al tiempo que una súbita bajada de temperatura se hizo sentir en ese punto concreto del centro clínico. Tras la inquietud inicial, se dirigieron a controlar las habitaciones, descubriendo el cuerpo fallecido de un hombre de avanzada edad, el paciente más alto y delgado de todos los ingresados. ¿Sugestión fruto de lo lúgubre y particular del lugar?, evidentemente mucho de ellos hay. Pero sigamos nuestro recorrido.

Entre las historias que hablan de apariciones, llama la atención un episodio en el que varias mujeres ingresadas en la misma habitación y estando presentes dos celadoras de planta, miran a un punto fijo mientras una exclama: ¡cuidado que el niño se cae! Estamos hablando de mujeres que por su grado de demencia pueden ser canalizadoras de apariciones imaginativas, pero, ¿pueden ser estas alucinaciones colectivas? ¿Qué mecanismo hace que mujeres que no interrelacionan entre ellas a causa de su enfermedad, en un momento dado sean testigo de un fenómeno así? Sin lugar a dudas la mente humana está enmarañada por infinitos resortes de complejidad que nos hace ser a cada uno de nosotros, portadores de nuestro propio misterio, el de la mente que portamos.

Pero permítame que añada un testimonio más, uno al que le doy un plus de atención porque sus protagonistas y sobretodo el desarrollo de la narración, tiene matices alejados de posibles inventivas gratuitas. Una noche estando mí entrevistada con su compañera de turno en la sala de control de planta, ven como se les acerca un paciente con gesto preocupado hasta ellas. Se trataba del paciente más joven de los ingresados, con una edad aproximada de 65 años y convaleciente por una fractura de brazo. Este hombre les cuenta como instantes antes mientras dormía, se le había acercado un hombre con sombrero para preguntarle que hacía acostado en su cama. Este paciente medio dormitado, creyó que se trataba de un paciente demente que estaba desorientado por los pasillos. ¿Un hombre con sombrero? Las cuidadoras tras hacer una ronda determinaron que todo estaba en orden y que aquel hecho pudo ser fruto de la imaginación o sueño de aquel hombre. Pero en la noche siguiente se repitió el episodio, siendo está vez más brusco el encuentro entre el paciente y aquel hombre del sombrero: ¡Qué haces en mi cama! ¡Sal de mi cama!

¿Por qué me atrae esta narración en particular? Al margen de que lo pueda ser o no ser lo que aquel paciente vio, o si la imaginación le jugó una mala pasada durante esas noches, lo que parece ser cierto es que él estaba seguro de lo vivido, por decirlo de otra forma, para él aquello ocurrió en realidad y no era fruto de su inventiva. Las personas que falsean hechos insólitos de esta naturaleza -y créame que son muchas-, suelen dar muchos pequeños detalles, descripciones pormenorizadas sobre rostro, movimientos, etc. En el caso de este paciente no fue así. Él solamente podía apuntar que se trataba de un hombre con sombrero, sin más detalles, sin poder determinar como era su cara o vestimenta. ¿Curioso, verdad?

Está claro que pequeños relatos como estos llevan acompañándonos desde prácticamente el principio de nuestros días y que algunos de ellos han trascendido con mayor o menor fortuna a la sociedad. Que sigamos creyendo en apariciones en la sociedad de la información y en pleno siglo XXI, es síntoma de que aunque las décadas pasen, los temores más profundos de la humanidad siguen sin evolucionar.