Enigmas y Epidemias: el caso de la Casa del Niño

2020 © Santi García (Arqueólogo y escritor)

Dicen que la historia se repite. No soy de los que se acogen a frases hechas y que son usadas hasta la saciedad. Pero en la actualidad, en marzo de 2020, esta frase tiene mucho sentido. Me estoy refiriendo a que la humanidad repite patrones de comportamiento siempre que los estímulos sean parecidos o similares. En estos precisos momentos estamos ante una de las epidemias más temidas de lo que llevamos de siglo XXI, y, a buen seguro, una de las más contagiosas. El Covid19 ha llegado a nuestro mundo para quedarse en él y nos tocará aceptarlo, bloquearlo o rechazarlo, pero con la firme idea de que conviviremos con él a lo largo de los próximos años.

Una de las medidas usadas para defendernos de este virus ha sido el confinamiento en nuestras casas, generar distanciamiento social entre amigos, familiares y centros de trabajo, Cerrar las fronteras por tierra en algunos países, o por mar y aire en otros muchos. E incluso hace pocos días la agencia EFE se hacía eco de cómo EEUU pretende localizar una cura para este tipo de coronavirus: las transfusiones de sangre de personas sanas a enfermas (EFE, 25 de marzo de 2020)

Estas medidas responden al mismo hecho de que estamos aprendiendo del propio virus conforme va actuando y que no hay cura definida, no existe un retrovirus. ¿Cómo podemos defendernos ante una amenaza de la que no sabemos nada? La respuesta es muy sencilla: volviendo a nuestros orígenes y repitiendo, de manera subconsciente tal vez, los patrones que desde época medieval se llevan repitiendo a lo largo de toda la historia.

En efecto, desde 1648 con la peste bubónica podemos documentar, al menos, una epidemia cada siglo, un hecho de lo más misterioso e inquietante y que muchos achacan a la “venganza de Gaia”, una hipótesis que considera al ser humano una enfermedad para el planeta y que, por este motivo, es el propio planeta (la madre tierra- Gaia -) quien, muy de vez en cuando, se ha de desquitar con el hombre. Así se confinan los maremotos, tsunamis, terremotos, catástrofes naturales, epidemias y…pandemias, como la que estamos viviendo en nuestros días.

Es muy curioso comprobar cómo en 1648, en 1778 o en 1913 con la gripe española las ciudades y países se cerraban en su totalidad, los ciudadanos no podían salir de sus casas y muchos de ellos huían de la ciudad, donde morían cientos de personas cada día. Medidas de protección extremas y con resultados más que desastrosos son el balance de nuestros ancestros. Una ciudad que es ejemplo de esto es Cartagena (Murcia), por lo que se cuente para esta ciudad portuaria es aplicable a cualquier ciudad del mundo conocido. Las similitudes con la situación actual las sacarán rápidamente. Para contextualizar esta historia nos adentramos a uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, como es una de las casas de Expósitos, conocida desde principios del siglo XX como “Casa del Niño”, aunque con un origen cercano a principios del siglo XVIII.

Edificio remodelado por Víctor Beltrí (uno de los arquitectos modernistas más influyentes, procedente desde Cataluña y que introduce el estilo de Gaudí en la ciudad portuaria) atraído por la cantidad de trabajo de reconstrucción que hubo en Cartagena tras la guerra cantonal -1873 a 1874 – . Este edificio que os presentamos esconde una escalofriante historia.

Antes de ser “La Casa del Niño” este edificio era una conocida Casa de Expósitos, el lugar donde albergaban niños abandonados por su familia, niños bastardos, jóvenes sin un futuro y chavales a los que su familia los repudiaba al no poder darles una vida digna. Nos situamos desde finales del siglo XVIII hasta el último tercio del siglo XIX. En este sentido una de las primeras conclusiones que podemos sacar es que estos niños eran totalmente desconocidos, niños que nadie los iba a echar de menos si les pasaba algo o desaparecían. Con este factor las autoridades civiles y militares jugarán para poder afrontar episodios catastróficos de la propia ciudad de Cartagena.

Nos referimos a los casos de peste bubónica (1.648) que asoló a la ciudad de Cartagena, unidos a los casos de paludismo (1.676), fiebre amarilla (1.804) y cólera (1.834).

En todos y cada uno de los episodios la ciudad quedó mermada con una altísima mortandad, llegando en ocasiones a acabar el 80% de la población. En este sentido la ciudad se transformó en una ciudad de muertos.

Cuadro resumen de epidemiología en Cartagena. Elaboración propia

El problema que se generaba en Cartagena hacía que hubiera cada vez menos personas para atender a la ciudad, que cada vez hubiera menos personas para enterrar en la ciudad y que cada vez las condiciones higiénico sanitarias fueran más beneficiosas para las enfermedades, ya que hemos de recordar que la ciudad estaba rodeada de murallas, sin apenas ventilación y que parte de las epidemias entraban por el propio mar, como demuestran los documentos que Pedro Egea Bruno (Revista Cartagena Histórica nº22, 2005) ha estudiado que nos hablan de los requisitos y los cordones sanitarios que se aplicaban a los barcos que llegaban a puerto). En definitiva, Cartagena era un paraíso para el desarrollo de enfermedades mortales e infecciosas y una trampa mortal para sus ciudadanos.

El Cordón Sanitario

Una de las primeras medidas que se adoptaron para protegerse de las epidemias fue el cierre de puertos y puertas de la ciudad. Tanto las Puertas del Muelle, las Puertas de Madrid, Puertas de San Ginés o las Puertas de San José cerraban sus puertas y no dejaban salir ni entrar a nadie. Esto en lo referente al siglo XIX pero anteriormente, cuando no existían estas puertas de acceso a la ciudad, se creaban lo que hoy podíamos considerar como guetos, arrabales a las afueras de la ciudad a los que se accedía mediante un gran arco de entrada y que actuaban como primera medida de seguridad. En la Cartagena de los siglos XVII y XVIII se generó el arrabal de San Roque, en un lugar muy próximo a lo que a partir de 1690 se constituye como Convento del Carmen, del que hablaremos en capítulos posteriores.

Que sea San Roque el santo que da nombre al arrabal no es casualidad. En este lugar, muy próximo a su entrada se encontraba la Ermita de San Roque (hoy bajo de Cajamar y Cafetería Mr. Witt), santo de los apestados. Al parecer fue peregrino en el siglo XIV y recorrió Italia sanando a afectados de peste y en varias ocasiones consiguió su curación. Respecto a su muerte los historiadores no se ponen de acuerdo ya que unos lo sitúan en Italia y otros en Montpellier. Al estar en contacto con apestados cayó enfermo y dicen que el único animal que se le acercaba a lamerle las bubas (bultos de carne necrosada que produce muchísimo dolor y una sensación pestilente, de ahí el nombre de la enfermedad) era un perro, que también terminó sus días junto a él.

Por este motivo en Cartagena había una ermita dedicada a San Roque, y, por consiguiente, un arrabal en donde se hacinaban los enfermos de peste. Desde las antiguas Puertas de Murcia hasta la actual Plaza de España se extendía este arrabal.

Plano del arrabal de San Roque (siglo XVIII). Juan Soler Cantó 1993

Una Dura Decisión

Ante el panorama de una alta tasa de mortalidad con los episodios de epidemia antes descritos la ciudad se encontraba ante un gran reto: cómo controlar las epidemias. Antes incluso de localizar lugares de enterramiento las distintas enfermedades deben tratarse; y para ello se desarrolló la medicina y los cuidados paliativos en todas las vertientes y aspectos. La disyuntiva radicaba en que aquellas personas que estuvieran en el arrabal estaban condenadas a la muerte y los niños fueron caldo de cultivo para el desarrollo de medidas en contra de las epidemias. Y es que en esta Casa de Expósitos se mezclaron, de manera habitual, niños enfermos con niños sanos; por supuesto, sin que los niños lo supieran y bajo el más estricto secreto en la ciudad, puesto que saber que se estaban realizando estas prácticas dentro de los muros de este lugar hubiera provocado levantamientos civiles y las epidemias se hubieran extendido por el interior de la ciudad, llevándola al caos, a la destrucción y a la posterior desaparición. Para quienes ya estaban infectados lo único que se podía realizar era mermar, de la forma y manera que fuese las duras condiciones de vida de estos “muertos vivientes”. Para quienes no tenían aún la enfermedad contraída era bastante más complicado actuar sobre ellos, pues sabían que a estos niños sanos los juntaban con los enfermos era como firmar su sentencia de muerte…muerte por peste.

Pero las circunstancias eran tan desesperadas que dudaron poco a la hora de actuar. Las autoridades civiles y religiosas, junto con los médicos de la época, no tuvieron más remedio si querían evitar la subsistencia de la ciudad que hacer algo totalmente desesperado: mezclar a niños infectados con niños sin infectar con el objetivo de poder estudiar y enfrentarse a las enfermedades y poder establecer protocolos para su curación y su sanación. Desde luego si juzgamos este hecho con los ojos de una persona del siglo XIX no podríamos entender para nada este tipo de actuaciones, pero hemos de situarnos en el contexto histórico adecuado y entender que se hizo por el bien de todos, aunque se sabía y se era consciente de que éticamente o moralmente infectar a niños sanos sin ellos saberlo para estudiarlos como cobayas era un acto deleznable.

El Origen de las Leyendas Protectoras

Aunque más adelante nos adentraremos en los diferentes experimentos que se les hacían a los niños no podemos continuar sin explicar en este momento que estos arrabales fueron la causa del origen de cientos de leyendas de seres mortuorios y monstruos, de muertos vivientes con una sed de sangre abismal y que no dudarían en matar a quien se acerque a sus dominios. Estos seres casi sacados del mismo infierno eran localizados en Cartagena en los cruces de caminos a la salida de la ciudad, en los arrabales y en la zona del Almarjal, la laguna que se extendía desde la zona de Morería Baja hasta lo que hoy es Ciudad Jardín; una laguna de aguas estancadas que además era foco de infecciones (fiebre amarilla, malaria, etc).

Como decimos una forma de proteger a la ciudadanía de las pandemias y de las enfermedades infecciosas es generar este tipo de leyendas para dos motivos claros: por un lado el evitar que nadie se acerque a la ciudad infectada y por otro evitar que la gente del interior de la ciudad salga de la misma para evitar, además, la propia despoblación del territorio y, por consiguiente, la desaparición del lugar.

Se hablaba de que por la zona del Molinete y de la Morería Baja habitaban los Dips o perros vampiro. El Dip es un ser mitológico cuya etimología es catalana, más concretamente de Tarragona (Pratdip) aunque el origen de este ser se remonta a retablos del siglo XV y era considerado un ser enviado por el diablo, sediento de sangre y buscando almas que capturar.

Las descripciones de la época hablaban de una especie de perro de gran tamaño –algo parecido al cancerbero del Hades – y con muchísimo pelo oscuro; además, algunos testimonios como  el de Manuel Arráez (principios del siglo XX) nos hablan de que era  cojo de una pata y era muy temido por granjeros y hombres de huerta ya que eran conocidos los casos en los que entraba en las granjas y bebía la sangre del ganado ovino y bobino. Pero el caso que más nos ha llamado la atención es del Juan Perucho, que habla que se daba un verdadero festín con los borrachos, quienes eran los que solían estar por las zonas frecuentadas por el perro vampiro. Llenos de alcohol y totalmente ebrios eran encontrados por este ser, atacados sin oponer resistencia y encontrados a la mañana siguiente totalmente desangrados. Dicen que por la zona de la morería baja y por la zona de la muralla de tierra era habitual encontrar este tipo de personas muertas y desangradas.

Otra leyenda ayudaba a disuadir a los curiosos de acercarse a las proximidades del arrabal de San Roque era la Historia de Juan y Alfonso de Albarracín. Tenemos que situarnos a finales del siglo XIX, antes de 1868, antes de la guerra cantonal. Juan de Albarracín era un hombre solitario, sin amigos y sin apenas conocidos, muy poco social. Quienes habían tenido algún contacto con él hablaban de que era un ser despreciable e insociable, siempre enigmático y muy celoso de su intimidad. Dicen que vivía por la zona del convento de los Mercedarios, en lo que hoy sería la zona de la Plaza del Lago, tal vez por la después conocida calle del Ángel y Calle Montanaro. Nadie pudo dar una descripción detallada del mismo pero sí que sus fechorías corrieron como la pólvora. Algunos testimonios cuentan que una vez cada ciclo de luna llena el cuerpo de Juan cambiaba por completo, su bello crecía a una velocidad desmesurada y realizaba homicidios dignos de un monstruo. Sus víctimas eran despedazadas sin piedad, como si hubieran sido atacadas por un animal. Los cuerpos aparecían desmembrados, con huesos fracturados y desgastados hasta el tuétano. Una vez prácticamente al mes este tipo de homicidios eran comentados en las tabernas de la ciudad de Cartagena.

En esta historia entraba también en juego su hermano Alfonso, quien le conseguía las víctimas entre los pobres que andaban perdidos por la zona exterior del perímetro de la ciudad. Y se los buscaba para saciar su hambre y para poder regresar a su estado humano; para conseguir esto, primero tenían que sacarla grasa de los cuerpos y untarla por todo el cuerpo de Juan. Sólo a través de este baño Juan de Albarracín pasaba de un estado animal a un estado humano. De esta historia en Cartagena se comenzó a hablar del Hombre del Saco o Sacamantecas (no confundir con El Tío del Saco, del que hablaremos en un capítulo dedicado a él).

Esta leyenda nos recuerda mucho a la de Manuel de Romasanta, el hombre lobo de A Coruña a principios del siglo XX (Eppo C. y GARCIA, S, 2017) con algunas variantes y si rascamos un poco en el folclore tradicional de la península ibérica podemos encontrar historias parecidas en toda la geografía peninsular.

Relacionada con esta historia hemos de situar también la de el tío del Babi Blanco, un médico sin lugar a dudas (Sánchez Conesa, 2014) que se dedicaba a sacar los órganos a la gente pobre o que se encontraba desorientada y perdida por la ciudad, fruto del tráfico de órganos del que tenemos noticias desde inicios del siglo XIX. A los niños se les asustaba con el Babi Blanco por los antiguos médicos practicantes que pinchaban de casa en casa con jeringas de metal esterilizadas con agua caliente.

Los Experimentos Secretos

Una vez que tenemos seguros de que nadie se va a acercar a la zona del arrabal de San Roque y, por ende, a la zona de la Casa de Expósitos, es cuando se podía comenzar a estudiar las pandemias y las enfermedades infecciosas. Ya hemos comentado que se mezclaban a los niños sanos con enfermos para poder atacar las enfermedades desde el mismo momento de la infección (causas, desarrollo, síntomas, etc.).

Hubo clérigos que destinaron su vida, a sabiendas de que morirían, a ayudar a estos niños, como son los casos de los monjes del Convento del Carmen, los cuales, estaban muy cerca del arrabal y dedicaban en parte su jornada diaria a luchar y ayudar a los enfermos.

Los médicos, por su parte, destinaban sus esfuerzos a analizar las enfermedades y buscar curas. Aunque iban totalmente protegidos, también se contagiaban y eran los primeros que transmitían la enfermedad al resto de la ciudad, ya que salían hacia el arrabal y regresaban de él todos y cada uno de los días, atravesando el arco de entrada del propio arrabal de San Roque.

Las protecciones que utilizaban estos médicos eran desde gafas protectores hasta la famosa máscara en pico de ánade, en la que según cuentan las crónicas colocaban una esponja empañada en vinagre y sal para protegerse del mal olor de las bubas producidas por la propia peste.

Pero volvamos a los experimentos que se practicaban a los niños. El motivo de que se practicara con niños es porque podían soportar más los umbrales del dolor y llevarlos hasta las últimas consecuencias, además de que de recuperarse lo harían mucho más rápido que los adultos.

Interior Casa del Niño a principios del siglo XX

Se hicieron pruebas de transfusiones de sangre, transfusiones de oxigeno entre los pulmones de unos niños a otros, y cientos de pruebas con antibióticos para encontrar los que podrían tener mayores tasas de éxito. Se conocen pocos casos de tratamiento con electrodos, tratar mediante electricidad, con la esperanza de que esa misma electricidad disolviera las bacterias y los virus. Incluso se llegó a practicar la iatroquímica, una mezcla entre la antigua alquimia y los inicios de la química moderna. Este compendio de medidas terapéuticas incluyen encantamientos, rezos y conjuros, pero también opio, mercurio, antimonio, vino para la fiebre, infusiones de distintas plantas, etc.

En general, se insiste en medidas sencillas y proscribe las sangrías porque tienden a debilitar a los enfermos. Sin embargo, también recurre a recetas empíricas o mágicas, como el beber sangre de personas sanas o a prácticas como las sangrías, de las que desde el siglo XV habían tratados que indicaban los lugares donde practicar sangrías a los enfermos. Otro remedio era el conocido como “polvo de momia” que no es otra cosa que huesos de momia pulverizados administrados con una fórmula magistral. A estos niños se les daba mezclados con agua no huesos de momia, sino de personas que murieron de senectud. El motivo de usar este tipo de “medicina” era porque se tenía la creencia de que las momias sanaban cualquier enfermedad y, al no disponer de este tipo de “material”, usaban restos óseos de personas que se tenían documentadas que no habían sufrido ninguna enfermedad importante en vida. Entre las fórmulas magistrales que se usaban eran los julepes, una especie de jarabe realizado con agua destilada, alcohol y sustancias medicinales (canela, cítricos, etc.) con el objetivo de aumentar la temperatura corporal para expulsar la enfermedad a través de la sudoración.

Otros experimentos a los que estos pequeños eran sometidos fueron los baños en barro para curar las bubas, los laxantes para purgar el organismo o la técnica conocida como “dar la estufa”, la cual estaba encaminada también a provocar aumento de la eliminación de las toxinas y de la enfermedad mediante la orina y la sudoración. Vamos a reproducir exactamente este método debido a que fue de los más usados en el siglo XVII (García Martínez y Claret García, ENFURO, 2012):

“La estufa es hecha de arcos de madera de cedazeros, casi al modo de la cubierta de un baúl, de siete pies de largo, bien arqueada, de manera que sea más angosta a la parte que cayeren los pies del enfermo, y en esta parte se le ha de clauar una tabla del anchor de un palmo de largo, a donde se pone el brasero con brasas.

Al tiempo que se quisiere dar el sudor (que siempre ha de ser en ayunas) ha de estar preparado medio quartillo (bien medido) de agua de çarça fuerte, bien caliente, y primero que el enfermo la tome le pondrán una manta caliente, quele tome todo el cuerpo, que ha de estar entre el colchón y la sábana en que se ha de acostar el enfermo, desnudo; y, por la honestidad, cubierto con las puntas de la misma sábana y, si fuere muger, por más resguardo, la podrán dexaruna sábana encima hasta que la cubran con la estufa, y, después de cubierta con la estufa, quitársela por una punta.

Al tiempo de desnudar la camisa, beuerá el agua (arriba dicha) bien caliente, todo lo que pudiere sufrir, y luego le pondrán la estufa y, encima de ella, una sábana y cantidad de mantas que sustenten el calor, y bien recogidas de todas partes, y en la tabla que tiene la estufa le pondrán fuego suaue, de suerte que no se fatigue el enfermo, y en la cabeça tendrá arrimada una toalla y una manta que le abrigue bien la cabeça; y después que el enfermoestuuiere bien cubierto con la estufa, se desabrigará de la sábana, y tendrá dentro una toalla con que se limpie lo que sudare, y una persona que de quando en quando le vaya limpiando el rostro, y, destamanera, ha de sudar hora y media, y si fuere flaco, una hora; y, el número de los sudores, la necesidad lo ha de pedir.

Acabado el tiempo limitado, le quitarán por los pies la estufa y se quedará con la sábana y mantas, por espacio de media hora, bien abrigado; y le tendrán camisa y sábanas limpias, bien calientes, y, quitándole las que están sudadas, con el resguardo que se dize en el capítulo veynte y ocho, en aduertencia cinco y seys, podrá comer media hora después que le quitaren la ropa, y, si pudiere ser, siempre assado, aue o carnero y sus passay almendras, y no ha de comer agrio ninguno.

El agua que ha de beuer, fuerte y simple, ya queda dicho modo de hazerse en los sudores de palo y de çarça, conformándose con la naturaleza y necesidades de cada uno. Y aduiértase que se ha de poner una sábana encima de la estufa, y encima las mantas”

Ilustración de iatroquímica

El Problema de los Cadáveres

Habiéndolo intentado absolutamente todo la muerte les llega a estos niños, y al resto de la población. En pocos días cientos de cadáveres se hacinan por toda la ciudad.

¿Qué hacer cuando se tiene miles de cadáveres que enterrar y apenas unos cientos de personas vivas para realizarlo? Se utilizaron diferentes soluciones; la primera y la más perjudicial para la salud fue la quema de cadáveres en grandes piras. Dejó de utilizarse ya que los gases generados por la propia combustión eran más perjudiciales para la salud de los que quedaban vivos que la propia peste.

Otra solución fue la de amontonar a las salidas de la ciudad a los cadáveres lo que, además, ayudaría a crear cordones sanitarios sobre la propia ciudad de Cartagena. Los cadáveres amontonados podían verse a las afueras de las Puertas de Madrid y las Puertas de San José, lo que hoy es Alameda de San Antón por un lado y Torreciega por otro.

Puertas de Madrid a principios siglo XX (Archivo Municipal de Cartagena)
Puertas de San José a inicios de siglo XX (Archivo Municipal Cartagena)

Pero sin lugar a dudas las solución más extendida fue la de enterrar bajo niveles de cal viva a los fallecidos. El lugar de enterramiento elegido fue la arena de la Plaza de Toros (antiguo anfiteatro romano) que se encontraba muy alejada de la población y con un acceso algo dificultoso. A los muertos se los transporta en grandes carros y vagones de madera preparados exclusivamente para este “traslado”, pues una vez realizados los servicios pertinentes eran quemados. No poseían una estructura definida, tan sólo debían ser lo suficientemente grandes para poder llevar en ellos a cuantos más cadáveres mejor. En ocasiones eran llevados por animales de carga que tras ello también eran sacrificados para evitar los contagios.

Tipos de transporte para llevar muertos de peste

Sabemos de estos enterramientos por las excavaciones que se han realizado bajo la dirección de Mª del Carmen Berrocal Caparros a principios de la década de los noventa del siglo pasado y en los años 2018 y 2019. Siguiendo al historiador Pérez Adam (La Verdad, 2019) fueron enterrados más de 6.000 cadáveres. No en vano hasta no hace mucho se podían ver huesos mezclados entre los niveles de tierra mezclados con cal viva en la propia arena del anfiteatro.

Plano anónimo donde aparece representado el anfiteatro y la cárcel antigua en 1.751

Llama mucho la atención que en el entorno de esta zona fueran los que más casos de apariciones y leyendas de fantasmas nos cuentan los más ancianos del lugar, como es el caso del señor Paco y doña Cecilia, quienes nos comentan que de vez en cuando se pueden ver como unas sombras paseando por el lugar. Los trabajadores que han estado en las últimas campañas de excavación atestiguan que en ocasiones, no todos los días, a alguno de ellos la “mala suerte” era extrañamente manifiesta en él. Se perdían las herramientas, los niveles topográficos nunca llegan a nivelarse de manera correcta y sienten miedo al escuchar su nombre o notar la presencia de alguien detrás suya. Se dan la vuelta y no ven a nadie. Podría ser simple sugestión o mera casualidad, pero cuando este tipo de hechos sucede cada poco tiempo y no siempre a la misma persona es entonces cuando el misterio entra en escena.

Restos humanos en las excavaciones del anfiteatro.
Son las partículas “blancas” de la foto (Berrocal y Pérez Ballesteros. Mastia 9, 2010)

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