Los «picaos» de San Vicente de la Sonsierra

© Alexandra Fernández

Aprovecho estas fechas tan señaladas de Semana Santa, para hablar de una tradición bastante conocida tanto a nivel local como nacional, pero aun así año tras año no deja de impactar a los presentes en el evento. Declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional el 17 de febrero de 2005.

Esto ocurre en San Vicente de la Sonsierra, municipio de La Rioja, situado a unos 35 km de la capital. Es mucha la historia que concierne este enclave, pero aun así no se han encontrado documentos que expliquen de donde surgen tanto la cofradía como la tradición.

Hay quien afirma haber visto un pequeño fragmento de documento del 1499 en el que se hace referencia a rituales de este tipo. Aunque las primeras noticias de las que se tienen constancia de estos ritos de flagelación giran en torno al año 1520, están referidas a la Cuaresma y a las fiestas de Exaltación de la Santa Cruz. La Cofradía de la Vera Cruz data de 19 de junio de 1551, como comienzo de sus prácticas ya que aparece un documento en el que se presentan al vicario general del obispado, los estatutos y ordenanzas, a modo de recopilación de las prácticas que ya eran realizadas entonces de forma habitual durante Semana Santa; e incluso El 20 de marzo de 1777, Carlos III intenta prohibir esta práctica mediante un Real Decreto, pero ese intento fue fallido, ya que los disciplinantes seguían con esta tradición en privado.    

La Cofradía de la Vera Cruz data de 19 de junio de 1551

A lo largo de la historia la iglesia le otorgó numerosas indulgencias. A pesar de todas las trabas que se ha ido encontrando por el camino, esta disciplina ha resistido hasta la actualidad.

Este acontecimiento se produce el jueves y viernes Santo durante la Semana Santa; pero además el 3 de Mayo y el 14 de Septiembre los disciplinantes salen de nuevo a la calle a flagelarse.

Los disciplinantes son personas voluntarias, normalmente del pueblo, los cuales cumplen la condición de ser varones, mayores de edad, cristiano y de buena fe. Estas dos últimas condiciones deben ir acompañadas de un certificado del párroco que acredite que eso es cierto. Ellos son los que deciden cumplir esa penitencia, por algún  motivo personal o familiar que les lleva a realizar la promesa; bien para pedir algo, para dar gracias, etc…

Durante el recorrido visten una túnica blanca con una abertura en la espalda, una capucha blanca con dos agujeros a la altura de los ojos, un cíngulo atado en la cintura y por último una capa marrón con la cual se taparán, una vez finalizada la penitencia. Durante el recorrido se le asigna un cofrade a cada disciplinante que le acompañará. Una vez que decide comenzar a golpearse, en ese momento se arrodilla ante el paso al que hayan hecho la ofrenda y reza una oración. En ese momento su acompañante le retirará la capa dejándole la espalda al descubierto y el disciplinante comenzará a golpearse con una madeja de algodón sujeta con las dos manos alternando rítmicamente un lado y otro, balanceándola entre las piernas. En el momento que el acompañante valora que ya es suficiente -suelen azotarse una media de entre 800 y 1000 latigazos más o menos entre diez y veinte minutos-, la persona encargada de “picar” al disciplinante, lo hará en tres zonas del abdomen con una bola de cera y seis cristales incrustados, dos a dos; de manera que son doce pinchazos que simbolizan a los apóstoles. Después de ello, se volverá a golpear un poco más para poder sangrar y eliminar posibles infecciones o molestias que se pudiesen producir posteriormente. Ya en la sede de la cofradía un especialista le curará las heridas con agua de romero y una crema cuya receta es secreta, la cual pasa de generación en generación.

Las mujeres, denominadas “Marías”, también pueden participar, ya que desde 1998 pueden pertenecer a la cofradía con pleno derecho. Deben cumplir los mismos requisitos que los varones y su función se basa en acompañar las procesiones; vestidas con un hábito negro parecido al manto de la Virgen de los Dolores, con el rostro cubierto por puntillas y van descalzas e incluso con cadenas.

Puede parecernos salvaje o no esta práctica, pero lo que sí os aseguro es que el pueblo está muy orgulloso de su peculiar tradición. Os invito a que veáis estas procesiones vosotros mismos, porque creyente o no, no os va a dejar indiferente a ninguno. Las sensaciones que se pueden experimentar sólo lo sabe uno mismo, y nunca lo olvida.