Asesinos corchetes y pactos con el diablo

2020 © Santi García (Arqueólogo y escritor)

Os traemos en esta ocasión 2 historias muy interesantes. Una la de un chico que murió a manos de los corchetes, los agentes de la ley que en Cartagena deambulaban en los siglos XVI, XVII y XVIII. Es la antesala de la actual guardia civil y toman su nombre de los propios botones de su uniforme; otra historia nos habla en el mismo entorno de pactos con el mismísimo diablo. 

Es la historia de un joven llamado Ismael que estaba enamorado de una chica llamada Cecilia. Ambos jóvenes y alocados que llevaban su pasión a todos los rincones de la ciudad, incluso en el cementerio de Santa María, pues pensaron que era un lugar idóneo para sus encuentros amorosos ya que nadie los podía molestar, ni ver, como es lógico. Todos los días se veían sobre la medianoche y cuenta la leyenda que una noche que habían quedado ella no se presentó, aspecto que a él le sorprendió pero no le dio mayor importancia. Llegó el día siguiente y tampoco apareció y así a lo largo de 15 días.

El día que hacía decimosexto Ismael se puso a leer las lápidas que tenía alrededor del punto de encuentro donde solía quedar con su amada, justo en la zona que hoy ocupa el Callejón de Bretau. Cuando apreció que estaba pisando la tumba de su querida Cecilia gritó con tal virulencia que muchos vecinos lo escucharon y salió como alma que lleva el diablo. En su carrera fue interceptado por la guardia urbana, los “corchetes” quienes le dieron varias veces el alto, a lo que el joven no hizo caso. Pensando que era un malhechor lo interceptaron y acabaron con su vida en las proximidades del Callejón de Bretau, entre el propio callejón y la Calle Jara. Un muerte injusta y que se podía haber evitado. Desde entonces se dice que su alma vaga por la zona espantando a quienes osen pasar a la zona donde su amada está enterrada y donde a él lo mataron las fuerzas de la ley.

Guardia corchete

Otra leyenda relacionada con el entorno que nos ocupa es la de un rico viajero que llegó a Cartagena por el mar en el siglo XVIII y que los cartageneros lo describían como un hombre con cicatrices en el rostro, mirada osada y vivaz, muy risueño con ropas muy caras, abalorios de oro con el propósito de quedarse a vivir en la ciudad portuaria. Para ello compró una casa en la zona y la decoró, contratando a una mujer para que le ayudara en su limpieza y en muy pocas ocasiones la dejaba sola en casa. Las habladurías comentaban que esa casa estaba embrujada y por ese motivo nadie se quería acercar a ella. A pesar de que nadie accedía a su casa de ella salían gritos, risas y ruidos. Dicen que se codeaba con la gente de las tabernas del Molinete y frecuentaba muy poco las iglesias y los conventos, y desde luego era conocido por sus malas influencias y poca caridad. Nadie se explicaba de dónde sacaba su gran cantidad de riqueza y algunos hablaban que había realizado un pacto con el diablo, otros, que se había enriquecido a costa del tráfico de esclavos.

Lo que a todos sorprendió es que gastó una gran cantidad para hacerse un panteón de riquísimos mármoles en el cementerio de Santa María, concretamente en las Calles Granero (actual Calle del Aire) y Bracamonte (hoy Bretau). Al poco de terminarse de construir ese majestuoso panteón y tras una larga noche con cientos de alborotos que salían de su vivienda se encontraron el cuerpo sin vida de este hombre y los vecinos de la zona debatieron si enterrarlo en camposanto o no, sobre si se le debían dar los Santos Oficios o dejarlo ya que algunos seguían insistiendo en el pacto con el diablo. El párroco accedió a darle sepultura cristiana pero no lo pudo hacer del todo correctamente ya que los vecinos se lo impidieron. A la noche siguiente de ser enterrado unas luces salían de su panteón y hacían que brillara con gran profusión (fuegos fatuos). Este hecho, que tuvo a los vecinos despiertos toda la noche, hizo que se acercaran a ver qué es lo que estaba sucediendo,  cuando llegaron vieron que la lápida estaba removida y las plantas que rodeaban al panteón quemadas, lo que los llevó rápidamente a hablar con el párroco para que limpiara la lápida del panteón con agua bendita y realizara un exorcismo, para evitar que el alma de este hombre se convirtiera en un alma en pena y atormentara a todos los vecinos de la ciudad.

Antigua capilla de los Cuatro Santos en el Callejón de Bretau

Unos meses después de estos hechos se volvieron a escuchar quejidos y arrastrar de cadenas por el camposanto; muy cerca del lugar se encontraba la casa del carpintero Juan Bretau en cuyos talleres y vivienda, bajo el suelo se empezaron a sentir temblores, vibraciones y sus operarios comenzaron a sufrir lesiones, llegando el caso de que el 13 de julio de 1.776 se produjo un incendio en la casa que la redujo a cenizas y puso en peligro el resto de la zona, por lo que se decidió que nadie pasara por el lugar ya que estaba maldito y se decidió construir la Capilla de los Cuatro Santos para cerrar el acceso y convertir la zona en un callejón sin salida; de esta manera se aseguraban que nadie pasara  por allí.