El crimen de Gádor

2020 © Santi García (Arqueólogo y escritor)

En esta entrega me centro en uno de los crímenes más atroces que se recuerdan en la historia reciente de Andalucía y que para muchos fue la verdadera historia que inspiró la leyenda del sacamantecas. Un crimen tan atroz y tan brutal que quedó arraigado en la mentalidad colectiva de todo el sureste español, y lo peor de todo, creó una «escuela» de personas que dejaron a un lado su humanidad para convertirse en seres de la noche cuyos actos, sus asesinatos y sus homicidios, caracterizados por sacar las entrañas a sus víctimas, vaciaron las calles de cientos de ciudades y generaron una histeria colectiva que a punto estuvo de acabar con la vida en las ciudades, ya que los habitantes sospechaban de sus vecinos, de los forasteros o de cualquier persona, familiar o no, que se interesara por la vida de otra. La desesperación fue tal que, llegada la ocasión, incluso estaban dispuestos a matarse los unos a los otros.

  Hijos de la Curandera  y el Barbero

Para llegar a entender esta locura primero hemos de poner- nos en antecedentes. Nos situamos en torno al año 1910 en la zona de Almería, en Gádor, en la casa de Francisco Ortega –el Moruno– un hombre que estaba enfermo de tuberculosis, una enfermedad que, como hemos apuntado anteriormente, no dejó de tener incidencia en España hasta bien entrados los años 70 como mínimo. Las fiebres tísicas que soportaba convertían su vida insoportable, hasta el extremo de desear su propia época.

Prácticamente apenas podía hablar ni casi respirar; en cierta manera daba hasta pena que esta vida siguiera su curso, teniendo en cuenta que con absoluta seguridad no le quedaban más de unos meses para certificar su muerte. La situación llegó a convertirse en desesperante y por este motivo se decide jugar una última carta para su cura. Una última baza que muy posiblemente nunca la habría usado y ni siquiera pensado, pero al no quedarle más opciones no dudó en llamar a la curadera del pueblo, que no era otra que Agustina Rodríguez, la cual creó un «plan» para salvarle la vida al Moruno.

¿Y cuál era el plan? Basándose en la creencia de que en los niños radicaba la esencia de la vida y de la eterna juventud, maquinó un sistema para mantener vivo a su «cliente»: abrir en canal a un niño y hacer beber la sangre del pequeño al Moruno, untándole el pecho con una cataplasma realizada con las entrañas del mismo infante. Con la puntualización de que el niño estaba abierto en canal… pero vivo. No me imagino una manera más cruel de no morir.

Para llevar a cabo este plan, Agustina necesitó la ayuda de Francisco Leona, el barbero del pueblo, hábil con las cuchillas y elementos de corte, además de toda la familia de la curandera, a saber: su marido, sus hijos Pedro, Julio El Tonto y José con su mujer Elena.

La curandera, el Moruno y el barbero fueron condenados a garrote vil (aunque finalmente éste último murió en la cárcel). José fue condenado a 17 años de prisión, y Julio a muerte, aunque debido a su demencia nunca llegó a ejecutarse.

La víctima era un niño de siete años llamado Bernardo González Parra, quien había salido de las casas cueva para dar un paseo y jugar con sus amigos cerca del río Andarax, en donde solía divertirse buscando pájaros, escondiéndose y cogiendo cañas.

Artículo de prensa referido al caso
El caso ocupó miles de lineas en las publicaciones de la época

Siguiendo el diario ABC en un artículo publicado en 2017 y redactado por Mari Pau Domínguez sobre crímenes extraordinarios, y según los relatos de la prensa de la época, los hechos sucedieron el 28 de junio de 1910 de la siguiente manera:


El Moruno se despertó agarrado a los ahogos que condenaban su tísica vida. Apenas había amanecido. Su mujer, Antonia, removía un perol de achicoria en la cocina. Al verlo aparecer con medio cigarrillo pendiendo de la boca, le dijo lo de siempre:

_ ¡Ya estamos otra vez, si no dejas de fumar no curarás nunca!

 El hombre arrancó a toser con tal fuerza que cayó desmadejado sobre una mecedora.Ahora mismo arreglamos esto —le dijo Antonia mientras se cubría la cabeza con un pañuelo oscuro que anudó en la garganta–. Sube a la mula que nos vamos a ver a la Agustina.

_ ¿Qué pasó, Moruno, que traes tan mala cara?

 Agustina acababa de aparecer envuelta en una manta vieja y despeinada.

_ Que parece que está pa morirse —respondió Antonia.

_ Si quieres conservar la vida que te quede, que ni treinta años tienes —sentenció la curandera–, has de encomendarte a la única persona que puede curarte…

_ Aquí traigo a Francisco Ortega, que se ahoga el hombre – explicó la curandera.

_ Mú temprano vienes, Moruno —Leona hablaba en voz baja.

_ Pues tarde es pa su vida, que la tuberculosis lo está matando. Haga usté algo —le imploró Antonia.

_ Se acabaron tus males, sé lo que hay que hacer, está más claro que el agua. Tienes que beber la sangre recién sacá de un niño y vosotros le untaréis las mantecas aún calientes sobre el pecho.

_ ¿Untarle las tripas? –preguntó Antonia.

_ Eso es. Y han de estar calientes —insistió Leona.

Cuando avistaron a Bernardo, el niño, la víctima, uno de los hermanos de la curandera lo entretuvo mientras que otro le tapó la boca con cloroformo, dejándolo inconsciente a merced de sus secuestradores, quienes lo metieron en un saco y lo llevaron a casa de la Leona, a unos pocos kilómetros de la del Moruno.

Herramientas utilizadas en el crímen

 La escena era dantesca, ya que conforme el niño recobraba la consciencia empezaba a chillar llamando a su madre hasta el punto de que la curandera tuvo que propinarle algunos golpes en la cabeza hasta dejarlo de nuevo inconsciente. Juntaron dos mesas y usaron una navaja barbera para comenzar a cortar, de hoja muy fina, de tipo verduguillo, con la idea de abrir una herida ancha que cortara las arterias; tampoco usaron cloroformo para adormecer al niño, pues cuanto más se moviera mayor sería la cantidad de sangre que saldría.

 El Moruno usó una olla para recoger la sangre vertida y comenzó a bebérsela siendo consciente de que estaba cometiendo una atrocidad pero no le importaba cuando su vida estaba en juego.

_ ¡Mi vida por encima de Dios! —exclamó.

Una vez que hubieron abierto en canal al niño desde la boca hasta el pubis, le sacaron las entrañas y las colocaron sobre el pecho del Moruno. Para deshacerse del cadáver decidieron enterrarlo en el Barranco de Jalbo.

La totalidad del contenido de este artículo/reportaje pertenece y es responsabilidad exclusiva de su autor.

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