
DUENDES
© Juanca Romero Hasmen
Detente un momento y recuerda las voces que te criaron, las de tus abuelos, las de los ancianos del pueblo. Ellos te hablaban de duendes. No de demonios que exigen almas, sino de pequeñas sombras, de entidades domésticas, casi invisibles, que tienen la llave del bienestar. Duendes capaces de cuidar el rebaño en la noche cerrada, de asegurar la cosecha, de mantener la paz en la casa… ¿Su precio? Una simple cortesía. Un trato amable. Un cuenco de leche fresca, un lugar discreto donde no ser molestados.
Ellos, nuestros mayores, ¿estaban locos? ¿Soñaban despiertos? ¿O acaso poseían una sabiduría que nosotros, cegados por las luces del progreso, hemos desechado?
Cuando un anciano te habla de un duende que protege la despensa, no solo te está contando un cuento. Te está entregando un mapa. El mapa de la conexión perdida con la tierra, con el respeto por lo pequeño, por lo invisible, por el ciclo sagrado de la vida.
Al dejar de escucharlos, al descartar sus ‘supersticiones’ como meras tonterías, no solo perdemos un relato; estamos condenando al olvido a esos protectores invisibles. Estamos dejando que el umbral de nuestra casa se quede sin guardianes, expuesto a vientos mucho más fríos.
Puede que la diferencia entre una vida protegida y una vida a la deriva esté tan solo en el respeto por ese viejo que te avisó, que te dijo que dejaras un poco de pan para el pequeño guardián de la chimenea.
El legado de nuestros mayores no son relatos de viejos; son advertencias y llaves. No los perdamos. Porque, si no cuidamos el misterio en el hogar, ¿quién cuidará de nosotros?
