¿ALMAS EN PENA EN LA EDAD DE PIEDRA?

© Juanca Romero Hasmen

Vamos a viajar veinte mil años atrás, quizás más.

Imagina que estás allí, en la profundidad de una caverna. El frío es un animal que muerde la piel y la única barrera entre la vida y el vacío es una hoguera que languidece. Tú estás ahí, acurrucado contra la piedra, y de repente lo ves. En la pared de la cueva, proyectada por el fuego, baila una sombra que no parece ser la tuya.

Dime… ¿qué sentiste en ese momento? ¿Qué sintieron aquellos primeros hombres y mujeres cuando la muerte se llevó al primero de los suyos?

A menudo pensamos en nuestros ancestros como seres primarios, ocupados solo en sobrevivir, en cazar, en no ser devorados. Pero te aseguro que ellos fueron los primeros en hacerse la pregunta que hoy nos ha traído hasta aquí. Ellos fueron los primeros que sintieron que el aire se espesaba tras la pérdida de un ser querido.

¿Existían las almas en pena en la Edad de Piedra?

No tenían la palabra «fantasma», ni la palabra «paranormal». Para ellos, no existía una separación entre el mundo físico y el espiritual; todo era uno. Cuando la luz de la vida se apagaba en un cuerpo, ellos no creían que se hubiera ido del todo. Aquellos ojos que te miraban en la penumbra de la cueva… ¿eran dioses? ¿Eran demonios? ¿O eran, simplemente, «los otros»?

Imagina a esa mujer primitiva, escuchando un crujido en la oscuridad absoluta de la galería más profunda de la tierra. Para ella, ese sonido no era una corriente de aire. Era el abuelo que ya no estaba, el cazador que no regresó, el niño que la fiebre se llevó antes de tiempo. Ellos no veían el misterio como algo ajeno, sino como una parte aterradora y sagrada de su realidad cotidiana.

Quizás, en aquellas pinturas rupestres que hoy admiramos con frialdad científica, no solo intentaban atraer la caza. Quizás eran mapas para que los muertos supieran volver a casa. O tal vez, y esto es lo que me inquieta de verdad mientras te hablo… eran sellos. Rituales de sangre y ocre para mantener a los «seres sombra» de su época pegados a la pared, lejos de sus sueños.

El miedo es un hilo invisible que nos une a través de los milenios. Ellos veían presencias donde nosotros vemos fenómenos. Ellos veían fuerzas de la naturaleza donde nosotros escuchamos psicofonías. Pero el origen es el mismo: esa certeza instintiva de que no estamos solos cuando la luz se apaga.

¿Eran almas en pena? ¿O es que el ser humano nació con un «huésped» al lado, una sombra que nos ha acompañado desde que aprendimos a encender el primer fuego?

Piénsalo mientras intentas dormir. Quizás esa sensación de que alguien te observa desde el rincón más oscuro de tu cuarto no es un fenómeno moderno. Quizás es un eco que viene de una caverna milenaria. Un visitante que lleva veinte o treinta mil años intentando decirte algo, y que tú, ahora, por fin has empezado a escuchar.

¿ALMAS EN PENA EN LA EDAD DE PIEDRA?
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