LA FIGURA DEL TESTIGO

© Juanca Romero Hasmen

En mi infancia, los fantasmas eran apenas sombras desdibujadas, imágenes que se colaban en los relatos de mayores, en las historias que circulaban en los pueblos, o en los miedos que se despertaban al caer la noche. Eran figuras borrosas, casi ingenuas, que se confundían con el eco de un sueño o con el crujido de una puerta. Pero incluso entonces, tenían la fuerza de lo imposible: estaban ahí para recordarnos que el mundo no es tan sencillo como creemos.

Con el paso de los años, y sobre todo en mi labor como periodista y como investigador, esos fantasmas dejaron de ser simples figuras infantiles. Se convirtieron en presencias más contundentes, más inquietantes.

He escuchado testimonios de personas que aseguran haber sentido un roce helado en la piel, haber visto una silueta imposible en el umbral de una puerta, o incluso haber tocado lo que parecía ser un cuerpo que no pertenecía a este mundo.

Y aquí quiero detenerme contigo: En la figura del testigo.

Porque sin ellos, sin su voz, sin su valentía, el misterio quedaría reducido a un rumor. El testigo es quien se atreve a desafiar la incredulidad, quien pone palabras a lo imposible, quien nos abre la puerta a un universo donde lo tangible y lo intangible se rozan. Cuando alguien relata cómo ha visto, sentido o tocado a un ser espectral, está compartiendo un fragmento de verdad que merece ser escuchado con respeto.

Piensa en ello: cada testimonio es un puente entre dos mundos. Es la huella de lo invisible que se manifiesta en lo cotidiano.

Es la memoria de lo que no se resigna a desaparecer. Y tú, que me acompañas ahora, debes saber que detrás de cada historia hay un ser humano que ha vivido algo que le ha marcado, que ha sentido el vértigo de lo imposible y que ha decidido contarlo.

Los fantasmas, al fin y al cabo, no son solo apariciones en casas antiguas o en cementerios olvidados. Son también símbolos de nuestras preguntas más íntimas, de nuestras dudas sobre la vida y la muerte, de nuestra necesidad de creer que hay algo más allá de lo que vemos. Son reflejos de lo que no comprendemos, y por eso nos atraen, nos inquietan y nos obligan a mirar más allá de lo evidente.

Esta noche quiero que te quedes con una idea: mientras existan testigos dispuestos a compartir lo imposible, el misterio seguirá vivo. No importa si lo llamamos fantasma, espectro o presencia. Lo importante es que alguien lo ha sentido, lo ha visto, lo ha tocado… y ha decidido contarlo.

Y quizá, algún día, seas tú quien tenga que dar ese testimonio. Quizá seas tú quien diga: “Yo lo vi, yo lo sentí, yo lo toqué”.

Porque el misterio no se elige, el misterio se presenta. Y cuando lo hace, nos recuerda que la realidad es mucho más amplia de lo que creemos.

LA FIGURA DEL TESTIGO
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